«En Medellín teníamos una ingenuidad muy grande cuando empezó el narcotráfico»

Por Leo Ricciardino / pagina12.com.ar 
padre velazquez ruaHa participado de acuerdos de paz entre las bandas narco de Medellín que por lo menos, «han permitido reducir el número de muertos y establecer territorios sagrados». Dice que el acercamiento a los delincuentes se hace «considerándolo como un hermano». Advierte que Rosario puede ser más permeada aún por el negocio trasnacional de la droga a través de las estructuras criminales organizadas.
No queda duda de que es un paisa, habla como tal, se reivindica de esa región y es nacido en Itaguí, pegadito a Envigado; el barrio que vió nacer y criarse en Medellín a Pablo Escobar Gaviria. El sacertote colombiano Juan Carlos Velázquez Rúa estuvo esta semana en Rosario para disertar sobre «Juventud, cultura y violencia urbana. El caso Medellín»; invitado por la Universidad Nacional de Rosario. Pero lo más rico está en su experiencia de vida: «Yo viví mi juventud en la Medellín post Pablo Escobar, donde no podíamos salir a la calle que éramos todos sospechosos. Donde las matanzas continuaban y cruzar las fronteras barriales era ir hacia una muerte segura», suelta ante los periodistas con los que habla con franqueza.

Rosario/12 lo consulta sobre cómo es la negociación de la iglesia con los jefes narcos. «Antes que nada se los despoja de sus ropajes, del lugar de poder que le da su condición de delincuente violento, se le hace ver que hay alguien a quien le interesa la persona detrás del bandido. Es la manera de empezar», explica. Velázquez Rúa reconoce que el caso Colombia es «irrepetible por las condiciones de que se dieron en un determinado momento histórico y en una cultura en particular», pero advierte a Rosario al señalar que «si bien el crimen es local, el narcotráfico es un negocio trasnacional que permanentemente busca estructuras organizadas para desarrollarse. Ahí es donde hay que estar atentos». Tiene 39 años y ya ha participado de acuerdos de paz entre combos de Medellín que por lo menos, han permitido reducir el número de muertos y establecer «territorios sagrados».

Consultado sobre la situación actual del delito complejo a gran escala y su relación con la política, el sacerdote Velázquez Rúa asegura que en Colombia «el tiempo del paramilitarismo ha permeado las esferas políticas por el tema del narcotráfico. Ahora, después de muchos años y medidas que se han tomado, podemos decir que ha disminuído la relación de la política con el narcotráfico. Sin embargo uno no puede decir este virus ya está totalmente curado».

El sacerdote asegura que en Medellín «se da un problema territorial que no es solamente por el tema del microtráfico, sino que es también por el tema de la extorsión, los juegos de azar y el tráfico de armas. Es decir que es un problema mucho más amplio. En la negociación (con los jefes de bandas) se dan procesos integrales, donde se toque la persona, el ser humano integralmente». Y sobre el rol de la iglesia sostiene cuenta que hace algunos años, «cuando participábamos en un programa que se llamaba Fuerza Joven, trabajamos el tema psicológico, el tema espiritual, también la educación para el empleo y el tema de su reinserción dentro de la actividad social. Esa es la respuesta que hemos intentado dar desde la Pastoral Social de Medellín».

-La ausencia del Estado para algunos sectores, ¿fue clave en el nacimiento y desarrollo del fenómeno Pablo Escobar? -se le preguntó a Vázquez Rúa.

-Más que la ausencia del Estado, había un terreno fértil que ya estaba abonado por los tres movimientos: La Teología de la Liberación, las guerrillas y los movimientos sindicales. A diferencia de lo que pasó en otros países de Latinoamérica, en Colombia estos tres movimientos no dieron respuestas y simplemente generaron la conciencia de un inconformismo social. Simplemente se quedaron señalando, acusando y eso creó un ambiente que cuando llega Pablo Escobar, en ese terreno abonado inmediatamente él se ofrece como una respuesta que la gente estaba esperando y que otros sectores no pudieron dar.

-¿Y cómo empezó el fenómeno del narcotráfico en Colombia?

-Al principio, la sociedad más postergada de Medellín tenía una ingenuidad muy grande: Cuando apareció el fenómeno del narcotráfico, gran parte de la población ignoraba que eso era algo malo. Antes de 1985 Medellín no era más que un pueblo grande, donde no existían edificios ni tantas casas y carros lujosos. Después hay como una explosión, aparece una situación verdaderamente despampanante que nos eclipsa a todos y que al comienzo es algo bueno, algo abundante. Claro, todos lo veíamos como un renacer de Medellín pero nadie se imaginaba lo que vendría después. Un ejemplo: Mi padre fue un jubilado prematuro de una fábrica y luego comenzó a pintar casas. Al principio ganaba 100 dólares por casa entera que pintaba, después de uno años de Pablo Escobar en la región, le pagaban casi mil dólares por el mismo trabajo. El dinero abundaba por todos lados. Es como un vuelo sin piloto. Al principio se planea y todo es lindo pero llega un momento en que se estrella el avión y comienza el horror, la tragedia. Eso es lo que nos pasó en Medellín con el narcotráfico. Y después vino la estigmatización con la que aún hoy cargamos en todo el mundo por el sólo hecho de ser colombianos, y mucho más si somos paisas de Medellín.

-¿Cómo observa lo que está pasando en Rosario con el narcotráfico?

-En Rosario, como en otros lugares del mundo, lo que se debe tener en cuenta es que si bien el crimen es local, el negocio es trasnacional. Esto implica tomar cartas en el asunto y ser muy ágiles para enfrentar este flagelo antes de que se desarrolle demasiado. También vale la pena aclarar que nunca se va a repetir el fenómeno de Medellín por las circunstancias históricas que nosotros vivimos. Pero sí se pueden dar fenómenos paralelos o parecidos dado que en donde hay miseria, donde hay abandono del Estado, donde hay carencias de todo tipo, las estructuras criminales como las del narcotráfico llegan con mucha fuerza y encuentran allí su caldo de cultivo.

Para el cura Velázquez Rúa la iglesia «siempre ha estado abierta al diálogo, contrario a lo que pasa con algunas posiciones donde lo que prima es perseguir, reprimir y encarcelar. Nosotros le apostamos más al ser humano integral, porque creemos que se puede transformar y puede cambiar. Entonces la aproximación nuestra no es al delincuente, al pistolero o al mafioso; sino que es al hermano. Cuando nos acercamos a un pandillero, le sacamos el ropaje o la importancia de su rol. Nos acercamos a la persona lisa y llana y le hacemos las preguntas que ningún otro le hace: Le preguntamos cómo está, cómo se encuentra su familia, no lo juzgamos y eso nos permite acercarnos y establecer los lazos que nos interesan», señala.

Respecto a las negociaciones que se dan con los delincuentes, el religioso cuenta que «cada uno de los sacerdotes habla con los jefes de banda de su territorio, de su parroquia. Después hay una segunda instancia, un equipo pastoral que ya hablamos con los jefes de los jefes de las bandas, a un nivel mucho más alto. Por ejemplo, una vez yo me entrevisté con una banda que llegaron en dos caminonetas de lujo, con armas largas y mucho alboroto. En una de esas, veo que viene un hombre mayor que ellos, de unos 45 años, que llega en una moto chica de baja cilindrada y muy sencillamente vestido. Apenas entró me di cuenta que ese era el jefe de todos».

Como para graficar aún más el nivel de las conversaciones que se dan con los jefes de las bandas, el sacerdote explicó que «en muchas de esas negociaciones miramos el Código de Guerra o Tratado de Ginebra. Y así hemos logrado que no involucre a población civil, que no mueran tantos niños y que se respeten determinados lugares de las barriadas como iglesias, colegios, centros de salud, etc.», concluye.

 
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