LOS VARIOS ROSTROS DEL “PATRÓN DE LA COCAÍNA”

Textos y fotos Alejandro Aguirre
Pablo, el milagroso
Muchos creen que hace prodigios, pero Pablo Escobar, quien era devoto del Jesús de Atocha, solo es un fantasma de recuerdos cuyos mitos se desvanecen. Segunda entrega
La tumba de Pablo Escobar Gaviria se ha convertido en un extraño lugar de peregrinaje por quienes lo admiraron.

¡Pablo Vive! ¡Escobar no ha muerto! ¡Milagro de Pablo! Hay gente que  asumió esta creencia apenas fue abatido. Pero resulta mucho más extraño que, casi 19 años después de muerto, muchos sostengan que Pablo Escobar Gaviria, el capo de capos, siga vivo, que su muerte solo fue  una distracción y que haga milagros de vez en cuando. Ni los videos de exhumación, ni los miles de testimonios, ni su masivo entierro, ni el operativo más grande del que se tenga noticia para perseguir a un narco acabaron con el mito, todo lo contrario, lo enaltecieron y sus consecuencias siguen a la vista. Hay efervescencia cuando su nombre se dice en el barrio que lleva su nombre.

Hay bullicio cuando cada año se cumple un aniversario más de su muerte. Pero también hay que decir que ese mito cada día se desvanece cuando a un desprevenido se le pregunta, digamos, en una calle de Medellín, por ese nombre de 12 palabras: “Eso es cuento viejo”. Y como es un cuento, entonces le rezan, le piden que les cumpla deseos; lo inmortalizan.

La Milagrosa

Ya hemos dicho que la mayor muestra de generosidad que tuvo Pablo Escobar en vida fue el proyecto Medellín Sin Tugurios, que consistía en entregar mil casas -solo se entregaron 470  y el resto fueron lotes-. Así, el barrio pasó a llamarse Pablo Escobar. Sin embargo, algunos creyeron que este acto de generosidad no podía quedar allí y comenzaron a llamarlo La Milagrosa. Aunque muchos dicen que ese nombre proviene de la Virgen de Loreto, el barrio adjunto. No era para menos: mucha gente jamás había tenido una casa y que llegara un hombre y les entregara en sus manos la llave para que entraran a su nuevo hogar parecía más un acto milagroso que una fortuna de la vida. Y así fue. Que alguien salga de un basurero cuyas casas son tugurios -en cartón- a vivir en una casa de adobe y teja de verdad, solo aparece en las películas.

Una vez los buses del transporte público comenzaron a promocionar las rutas del nuevo barrio con anuncios de La Milagrosa y no con el nombre original del barrio, Pablo Escobar, ni mucho menos con el de Urbanización Medellín Sin Tugurios. La Milagrosa aún sobrevive. Y si usted pregunta, es La Milagrosa.

Hay un recuerdo latente que aún hoy se repasa en sus calles. Tras la muerte de Pablo Escobar, su madre, Hermilda Gaviria, durante cuatro o cinco años programó sin falta una procesión por las calles del barrio para honrar la muerte de su hijo, quien había sido un ser generoso. Ante semejante invitación, nadie faltaba a la cita, sobre todo cuando la madre del capo aún influenciaba en la entrega de lotes que habían pasado a su propiedad. La peregrinación parecía la del Santo Sepulcro.

“Era muy similar a una procesión de Semana Santa. Un carro -que llevaba un cuadro de Escobar sobre el techo y que traía a doña Hermilda siempre al barrio- era el que iniciaba el recorrido. Íbamos despacio y salíamos con camándulas y eran procesiones de dos y tres horas”, recuerda Carmen Alicia Jaramillo, de 78 años y quien tenía contacto permanente con la señora Gaviria. “Uno sabía que había sido un tipo malo, pero para nosotros no lo era. Teníamos un hogar gracias a él y eso para nosotros era un milagro. ¿No le parece?”. Las procesiones se acabaron cuando la violencia en el barrio se agudizó -a finales de los noventa- y luego porque doña Hermilda se fue enfermando, le prohibieron salir y luego terminó muriéndose. Pero dejó un legado que permanece: la iglesia del barrio se llama San Simón Apóstol, pero su patrono es el Niño Jesús de Atocha, en honor a la familia Escobar.

Santo Niño Jesús

Es un peregrino. El Santo Niño Jesús de Atocha es un peregrino. Y por eso Pablo Escobar lo tenía en su fe, en su condición de devoto. El santo, su santo, tiene una imagen demasiado tradicional para un niño, pero en la religión todo se vale, incluso caben los pecados y los pecadores. Este pequeño santo, el de Atocha, usa un largo vestido con una capa que tiene un ancho cuello de encaje y puños con volados. En su capa está la imagen tradicional de un peregrino, con conchas de berberecho. Además, sostiene una pequeña canasta con su mano izquierda, y una vasija de agua, sostenida por un bastón, que tiene en su mano derecha. Usa sandalias abrochadas, con hebillas, un sombrero grande y flexible con una pluma. Está sentado en una pequeña silla. Jamás nadie lo ha visto de pie. Pablo lo adoraba.

Al Niño Jesús de Atocha -que proviene de España y tiene una fe enferma en México- le rezan los peregrinos que andan encarcelados. También se amparan los niños que lo ven como una figura protectora. Pero es un santo para pedirle desde trabajo hasta casa, incluso hay gente que lo adora porque se desprendió de su padre celestial -un San José- para caminar solo y hacer milagros a sus devotos. La madre de Pablo, Hermilda, fue la persona que lo hizo devoto. Este a su vez se lo transmitió a sus hijos y se volvió creyente acérrimo. Se sabe que Pablo Escobar cargaba en su ropa hasta tres Niños de Atocha, entre imágenes y réplicas.

“Sé que Pablo  me regaló una casa, pero ahora, a través de su santo, le pido una casa a mi hijo”, dice Concha Velasco, quien vive ahora en el barrio Loreto, continuo a donde tiene su casa. “Soy devota de este Niño como lo fue alguna vez Pablo. Yo recuerdo que su familia le tenía una fe ciega a este Niño y mire que no les fue tan mal, por lo menos ayudaron al prójimo y este les correspondió dándoles dinero. La muerte fue otra cosa”, agrega.
El sacerdote Eugenio López acota que la leyenda del Niño de Atocha surgió cuando unos viajeros informaron ver a un joven vestido de peregrino que  llevaba comida y ayudaba en  las necesidades de los peregrinos. “El niño solía viajar con ellos hasta que estaban fuera de peligro y luego se acercaban  a los más seguros caminos para llegar a su destino”, cuenta el religioso. Así pasó a llamarse Santo Niño de Atocha.

El milagrito

Todos tienen su propia devoción. Hay los que rezan cada domingo nueve padrenuestros, otros que hacen cinco rosarios cada sábado del último mes, los que se persignan cada noche con una imagen de Escobar o los que llevan en su billetera la imagen del Niño Jesús de Atocha, el santo de Pablo. Nadie es ajeno y tiene un mensaje en común: “Pablo hace milagros”. Eso, para la Iglesia, es inaudito, pero poco importa para un creyente que lo vio en vida y este le hizo el milagro.

“Yo le rezo a Pablo por un motivo: me regaló una casa y nadie, ni la Virgen María Auxiliadora, me ha dado lo que Pablo me dio. Ya poco le pido; lo único es que proteja mi casa, mis hijos y haga algo por mi salud -está casi ciega-”, dice Etelvina Barrios, de 77 años, quien recibió hace más de 30 años su casa de manos del propio Escobar. “Un padrenuestro cada mañana y un avemaría cada noche es suficiente para hablar con Pablo, quien me dijo una vez: sea buena y punto”.

Otra creyente es Celeste Aragón, de 88 años. “Hasta hace poco tiempo tenía en la habitación de un hijo un cuadro con la foto de Pablo Escobar. Un hijo llegó un día y dañó el cuadro. Me dijo: “Ese señor era un asesino”. Yo miré a mi hijo y le dije: “¿En qué casa crees que creciste?, ¿en qué casa no te faltó nada?, ¿en qué casa pasaste la noche?, ¿qué casa te va quedar cuando yo me muera? Pues la casa que te dio ese asesino. Solo le dije eso y mi hijo salió de la casa. Hoy, ya no me refuta lo que pienso de Pablo: malo sí fue, pero también bueno”. Y silencia.

El entierro

El cementerio Jardines Montesacro, de Itagüi (Autopista Sur) tiene 69 mil tumbas. Hay pocos árboles y sombras, lo que deja ver un tapete verde sobre una leve montaña donde permanece este campo de paz. Las lápidas guardan  uniformidad en el piso, lo que hace que todo se vea parejo. Solo hay una que altera el paisaje, con pinos silvestres, tan delgados como plantas estilizadas o de esas que sirven para curar mal de amores. Eso es lo único que delata que es una tumba diferente, de un muerto que fue diferente.

La tumba es de Pablo Escobar Gaviria. Aquí, en este espacio de dos por dos o tal vez más, se adorna con lápidas que se confunden con el verde del pasto. Es un verde brilloso. Aquí están algunos tíos y algunos hermanos enterrados.
Dice un sepulturero  que este gran osario bajo tierra fue comprado por el propio Pablo en los años ochenta, época del poderío del Cartel de Medellín. Esta tumba está detrás de la iglesia donde se ofician las misas. Si hay silencio, se escucha al padre vocalizando sermones y agradecimientos a la vida.

Nadie se acuerda del fiel guardaespaldas, Álvaro Agudelo, el “Limón”, quien murió tras defender a su jefe mientras  caía muerto en un tejado. Pablo, que era el tercero de siete hermanos, fue enterrado casi tres metros bajo tierra. Había más de 25 mil personas y en varias ocasiones abrieron el féretro, que era gris. Iba de camisa negra, sin afeitarse. Le cantaron la ranchera “El Rey” -fue el número uno de la droga durante una década- y lo lloraron. La multitud se cansó de cantarle vivas. Iban niños que no entendían quién había muerto. Iban mujeres en muletas porque creían que estaban dando dinero. Iba una multitud que gritaba que se iba el más grande: ¡Pablo! ¡Pablo! ¡Pablo! ¡Pablo! Solo era un canto.

En  2001, su padre Abel Escobar (murió de 79 años) lo acompañó en el foso. Era su deseo, el de estar con su hijo.  En  2006 se unió su madre Hermilda Gaviria (murió de 84 años). Aún se recuerdan sus  palabras cuando Pablo iba camino a ser enterrado: “Agradezco en el alma que la tristeza que he tenido se ha convertido en alegría al ver este gentío y lo que dicen de mi hijo”.

La exhumación

Hay un video en YouTube escabroso. Tiene más de 3,4 millones de visitas y dura menos de cinco minutos.  Muestra la exhumación de la tumba de Pablo Escobar, enterrado en Montesacro. Fue grabado en la mañana del 28 de octubre de 2006 -trece años después de asesinado y un día después de muerta su madre, Hermilda Gaviria- por familiares del capo y cedido a un canal televisión que lo transmitió días después para ratificar o refutar que el cadáver enterrado allí era el de Pablo Escobar Gaviria, pero también para  contrarrestar el alegato de un joven que decía ser el hijo del capo -por medio del ADN- y de confirmar la duda que  siempre se tuvo de su muerte: se mató o lo mataron.

La exhumación confirmó que el cuerpo sí era el de Pablo. Nicolás Escobar Urquijo, su sobrino  y quien fue el responsable de dirigir la exhumación, corrobora que es el cadáver cuando el sepulturero le pasa el cráneo y este, sin protección, lo coge con las manos y muestra lo inconfundible: las muestras del bigote.
Luego la esposa, María Victoria Henao, le pregunta a Nicolás por el orificio en la  cabeza que le acabó la vida al capo.

El sobrino le muestra la perforación por donde, al parecer, salió la bala, pero no por donde entró. Otra leyenda queda saldada: Escobar se mató y no lo mataron como se hizo creer. Cabe su frase insignia: “Prefiero una tumba en Colombia y no una cárcel en Estados Unidos”.

También se confirmó, meses después, que el joven que decía ser hijo del “Patrón” y buscaba una indemnización no lo era. Otra muestra de que el cadáver era de Escobar fue  que en la  exhumación hallaron una camándula y una medalla del Niño Jesús de Atocha. Allí acabó todo. Luego le cambiaron el ataúd y lo enterraron con la bandera -roja y azul- del Deportivo Independiente Medellín, su club favorito de fútbol. El club del pueblo. Todos allí presentes se persignaron y le pidieron a Pablo. Lloraron.

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