Hacienda ‘Nápoles’: La finca del «patrón»

A la salida de Puerto Boyacá, y tras recorrer varios kilómetros, que incluyen pasar a la margen izquierda del río Magdalena se llega a Doradal. Un poco antes, al lado derecho, está la Hacienda ‘Nápoles’. A la entrada hay una estructura que se asemeja a un arco, está pintado de blanco y en letras azules tiene el nombre de la propiedad. Lo más curioso para todos los transeúntes es que sobre la parte superior de la estructura reposa una vieja avioneta.

En mayo de 1978, Jorge Tulio Garcés y sus hermanos, propietarios de la hacienda ‘Gecen’, vendieron sus tierras en Doradal. Otro señor, Alberto Villegas, también acababa de vender su finca ‘Nápoles Viejo’. El nuevo dueño de las tierras: Pablo Emilio Escobar Gaviria, quien las recibió en julio de ese año.

A los pocos días Escobar empezó a comprarle a los vecinos y a remodelar las construcciones adquiridas. Más de 250 personas trabajaban para él. Cuando se construyó una represa dentro de los predios, se alcanzaron a contratar 500 personas. Todos los de la región estaban felices de que el nuevo patrón diera trabajo y pagara mejor que los demás hacendados. Escobar empezó a arborizar la finca. Por más de un año el vivero que estaba en Mariquita, Tolima, sólo le vendía a él.

Al poco tiempo le puso por nombre a toda la propiedad, Hacienda ‘Nápoles’. Distante a 170 kilómetros de Medellín y 233 de Bogotá.

El sacerdote de Puerto Triunfo fue a bendecir la nueva finca, Pablo en agradecimiento le regaló un Toyota corto. El cura pensaba que era un regalo personal, pero un día el mafioso le pidió prestado el carro y le puso un letrero grande en las dos puertas que decía: “Propiedad de la parro- quia de Puerto Triunfo”.

Al frente de ‘Nápoles’ compró unas tierras que llamó ‘Parcelas California’, que luego se las iba vendiendo o regalando a sus socios y amigos.

A todos los que rodeaban al mafioso les gustaba imitar lo que hacía el capo. Muchos se dieron a la tarea de indagar por tierras que estuvieran

vendiendo por la zona aledaña o cercana a ‘Nápoles’. La mayoría de esas propiedades estaba en Puerto Triunfo, La Dorada, Honda y Puerto Boyacá.

El cuento de Autodefensas no le importaba al de ‘Nápoles’. Él tenía a sus muchachos y le gustaba lo urbano. A lo que en el monte llaman comba- tientes él los conocía como sicarios. A la guerrilla le daba plata o plomo, el mismo método aplicaba a jueces, magistrados, periodistas y autoridades. Para su llegada a la nueva propiedad ese cuento de Puerto Boyacá “le importaba un carajo…” por ahora.

Para 1984 ‘Nápoles’ era la hacienda más admirada de la región. Tenía aeropuerto, lagos artificiales y naturales, plaza de toros, y era el zoológico que poseía la más variedad de animales exóticos de Colombia.

Desde la entrada, la que está a la orilla de la autopista, hasta el segundo puesto de control, había casi tres kilómetros. La carretera era asfaltada. A ambos lados decenas de árboles de diferentes variedades entrelazan sus ramas impidiendo ver el cielo, sólo filtraban algunos destellos del sol o de la luna. Era como si se estuviera atravesando un verde túnel.

Al terminar se llega a un sitio más despejado donde se confirmaba si era de día o de noche. En ese lugar había una antigua locomotora ubicada a mano dere- cha. Al frente colgaba un gran aviso en madera que decía “Bienvenidos al Parque Zoológico Natural Nápoles”. Al fondo a la izquierda estaba un kiosco de palma que servía de cochera a un carro antiguo, que tenía varios orificios de bala. Seguía una garita ubicada al lado de una puerta de golpe y de otra metálica.

Una era para los que iban a pie y la otra para los vehículos. Adelante había una vara que sólo se levantaba con previa auto- rización. Las personas que iban de paseo al zoológico nunca franquea- ban esa entrada. Para ellos, ‘Nápoles’ tenía otro acceso, que también esta- ba a un lado de la autopista y que conducía a la Mayoría vieja de la pro- piedad. A esta parte de la hacienda la llamaban ‘Nápoles Viejo’, por allí se llegaba al lago y a un área donde estaban los hipopótamos, cebras, rinocerontes y las gigantescas réplicas de dinosaurios.

Después de franquear el puesto de control seguía una vía construida en concreto. A diferencia del anterior trayecto este tenía palmeras a lado y lado. Se llegaba a un recodo donde había un desvío a la derecha. Si se continúa por ese sentido se llega a la bodega donde estaban las motos acuáticas, aeroplanos, excéntricas motos y carrozas, entre otros raros juguetes del patrón. Seguía la casa del administrador y las pesebreras

donde estaban los más finos corceles. A un lado estaba la taberna ‘El Tablazo’ que se asemejaba a esas cantinas del lejano oeste. Al frente de lo mencionado se veía un gran lago.

Si se desviaba a la izquierda, se divisaba una inmensa puerta de madera que reposaba sobre unos rieles para que abriera electrónicamente. Al frente estaba el parqueadero. Sólo el patrón podía pasar esa entrada en carro, a los demás les tocaba a pie… Bueno, había unas cuantas excepciones, en- tre las que se encontraban las mozas del jefe.

Otra vía se observa a la izquierda metros antes de la entrada, es una ca- rretera asfaltada que conducía al aeropuerto de ‘Nápoles’. A un lado de la entrada había una garita de seguridad con dos ventanas. Al otro lado una inmensa jaula con un león. Pasar esta puerta era entrar al círculo íntimo del patrón. En esta área era donde se hacían los más extravagantes festejos… y se planearon los más horrendos crímenes de Colombia.

Al abrirse la puerta se ve al fondo una casa de dos pisos, pero de inmediato se pierde interés en ella, ya que a lado y lado del camino están varias jaulas con la más variedad de animales y aves exóticas, que se roban toda la atención.

Al seguir se llega a una hermosa edificación de estilo colonial, de dos plantas, construida en ladrillo y madera. A la izquierda está una piscina para adultos y otra para niños. Al frente una sala de estar con televisión donde se ubicaban los lugartenientes de confianza de los ‘duros’ que llegaban. Al fondo un gran comedor donde se hacían las reuniones de tra- bajo. Al otro costado las habitaciones.

La casa tenía 8 cuartos, lavandería, cocina industrial, cancha de fútbol, tenis, basket, volibol, microfútbol, parque de diversiones infantiles, una gigantesca antena parabólica y una discoteca en la parte de atrás.

Una hacienda con todas esas comodidades no podía pasar inadvertida. Además de sus lujos, muchos testigos vieron desfilar por allí a políticos, militares, policías; candidatos a concejos, asambleas, alcaldías, gobernaciones y Presidencia; modelos, presentadoras de televisión, periodistas, empresarios, ganaderos, agricultores, comerciantes, traquetos, pillos, sicarios y bandidos, entre otros. Era símbolo de estatus ser invitado a ‘Nápoles’. A la gran mayoría de asistentes le encantaba hacerse notar en

la hacienda para que dijeran luego en Medellín: “Mira, ese tipo que va allá debe ser un ‘duro’, porque lo vi con el patrón en ‘Nápoles’ el otro día”.

En fin, para 1984 ‘Nápoles’ era todo un acontecimiento. Ya varias perso- nas y socios de Escobar habían comprado tierras por la región, entre ellos José Gonzalo Rodríguez Gacha, ‘El Mexicano’. Adquirió una muy menta- da y tristemente célebre, porque fue allí donde se planeó el crimen de Luis Carlos Galán Sarmiento, tenía por nombre la ‘Freddy Uno’, ubicada en los límites de Tolima y Cundinamarca. Otras estaban ubicadas por la ciénaga de Palagua y Calderón.

‘Nápoles’ era administrada por Hernán Henao, alias ‘HH’.

Era tal la romería por Doradal para ir de visita donde el patrón, que al frente de ‘Nápoles’ se construyó un hostal, para que los visitantes se hospedaran allí mientras le asignaban turno de entrada. También servía para que se alojaran los acompañantes que no eran autorizados a seguir con sus jefes. En este lugar también se daban unas bacanales de muerte.

A muchos ‘duros’ no les gustaba bajarse en donde lo hacían escoltas y gatilleros, por lo cual construyeron casa-fincas al frente de ‘Nápoles’. El con- dominio se conoce como ‘Parcelas California’. Tiene tantas vías internas, cruces y atajos, que mucho tiempo después le salvó la vida a más de uno.

‘Nápoles’ fue visitada en abril de 1994 por la esposa de Pablo Escobar, ‘La Tata’ Henao. Primero tuvo que pedirle permiso a Ramón Isaza, quien per- mitió la llegada de la viuda a Doradal, pero negó la del hijo del mafioso, Juan Pablo Escobar. La razón era muy sencilla: Los deseos de venganza contra los hijos de Escobar estaban vivos en el Magdalena Medio. Los amigos y trabajadores del ‘Viejo’ Ramón no habían olvidado los asesinatos y atentados ordenados por el capo contra Isaza y su pueblo, en especial el crimen contra uno de los hijos del líder antisubversivo. Ese sentimiento le impedía a Isaza garantizar la seguridad del hijo mayor de Escobar.

Cuentan que la viuda se paró en lo que quedó de la casa principal de la hacienda, frente a la piscina, y empezó a llorar.

Del libro
CRÓNICAS QUE DA MIEDO CONTAR
Por Toño Sánchez

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