El secreto en la muerte de “El Mexicano”

Jorge Velásquez cree que llegó la hora de cobrarle a la historia lo que siempre le escatimó: haber sido la persona clave para la ubicación y muerte de José Gonzalo Rodríguez Gacha, alias El Mexicano, uno de los más sanguinarios líderes del Cartel de Medellín.Rodríguez Gacha murió el 15 de diciembre de 1989. Como prueba de su participación en el celebrado desenlace, Velásquez ha mantenido intacta en su memoria la última imagen del narcotraficante vivo. Lo vio desde la escasa altura del helicóptero que perseguía a Rodríguez Gacha y a su hijo sobre un terreno desolado de la costa norte de Colombia.

Con el rostro ensangrentado por el desgarramiento del cuero cabelludo con alambres de púas, el narcotraficante se detuvo desafiante debajo de la barriga del helicóptero y gritó varios insultos contra sus ocupantes.

“En ese momento Gacha me lanzó una mirada de rabia, levantó la mano, hizo pistola [gesto vulgar con el dedo índice] y se puso algo frente a la cara que explotó, era un artefacto pequeño, más pequeño que una granada, y ahí murió”, recordó Velásquez.

En ese paraje semirrural del municipio de Tolú, culminó una misión que Velásquez había empezado por $1 millón pero que poco a poco se fue convirtiendo en un reto personal de aliento patriótico, en el cual estaba dispuesto a inmolarse gratis con tal de que la policía matara al poderoso narcotraficante, según explicó.

“De ahí salía muerto, él o yo o los dos”, dijo. “Y yo gané, llevo 20 años con vida”.

Velásquez, de 55 años, está disfrutando del ocaso del guerrero en su hogar del sur de la Florida, donde desempolva fotos y apuntes para ofrecer su historia al mejor postor en el mundo de los seriados de la televisión.

En una entrevista con El Nuevo Herald, relató otras aventuras como informante de los gobiernos de Colombia y Estados Unidos, pero no dejó de ocultar su frustración por las versiones que indican que Rodríguez fue ubicado gracias a que los servicios de inteligencia de Estados Unidos pusieron un dispositivo subcutáneo de localización en el cuerpo de Fredy, su hijo.

La forma de cómo este mecánico de Buenaventura, puerto en el Pacífico colombiano, terminó infiltrado en las entrañas del cartel de Medellín, tiene que ver con una guerra que no permitía muchos lujos de planificación: la guerra entre este cartel con el de Cali a finales de los años 80.

Con el millón de dólares, los cabecillas de la organización de Cali convencieron a Velásquez de que se infiltrara en el Cartel de Medellín. A su vez, los narcotraficantes de Cali tenían comunicación con el gobierno de Colombia y con los agentes de la Administración Antinarcóticos de Estados Unidos (DEA), según lo han denunciado periodistas e historiadores.

Velásquez, entonces propietario de una modesta compañía naviera en Cartagena que atravesaba por una precaria situación económica, aceptó la propuesta.

La manera de penetrar al enemigo, según le ordenaron sus patronos, sería esparciendo el rumor de los éxitos de su naviera en la exportación de droga.

No pasó mucho tiempo para que Rodríguez Gacha le propusiera trabajo.

Rodríguez le asignó una labor que Vásquez aceptó a sabiendas de que no podía cumplir: uno de sus buques debía recoger un armamento en Israel para las autodefensas campesinas del Magdalena Medio.

“Mis barcos no tenían capacidad, eso era una locura, así que le propuse que me llevara las armas hasta Antigua y yo de ahí se las metía a Colombia”, dijo Velásquez.

Rodríguez Gacha aceptó y en abril de 1989 el cargamento de 500 fusiles automáticos llegó a las costas colombianas.

Conquistada la confianza del narcotraficante, Velásquez se dedicó a sacar cocaína de las costas de Colombia hacia mar abierto en lanchas rápidas que entregaban la mercancía a embarcaciones de mayor calado.

Así se ganó el apodo de “El Navegante” en la pila de bautismo de Rodríguez Gacha.

“Todo lo que hacía se lo reportaba al cartel de Cali, y a tres oficiales de la policía”, aseguró Velásquez.

A finales de 1989, Rodríguez Gacha era el hombre más buscado en Colombia. Además de la muerte del candidato presidencial Luis Carlos Galán, se le acusaba de la explosión de un avión de Avianca en que murieron más de un centenar de pasajeros.

Pero también era uno de los más influyentes gracias a su fortuna. En 1988 la revista Forbes lo citó como uno de los hombres más ricos del mundo.

Cada vez que las autoridades estaban a punto de detenerlo, recibía un aviso y lograba escaparse.

A mediados de diciembre, Rodríguez Gacha llegó a Cartagena y puso su seguridad en manos de Velásquez, no sin antes advertirle que el Estado Mayor le había informado que uno de sus colaboradores estaba pasando información sobre su paradero.

“Recuerdo que dijo: `Hay que matar a ese h.p’. Y yo, que estaba temblando, repetía `Sí, señor, hay que matarlo’ ”.

Además de responder por su seguridad, Velásquez se encargó de llevarle comida y noticias a su jefe hasta una finca cercana a Cartagena.

Pensó que podría envenenarlo con uno de los cocteles de langostinos que le encantaban al narcotraficante, pero no fue capaz, explicó.

“No quería pasar a la historia como el hombre que envenenó a Gacha, eso no tendría gracia”, indicó.

En esos días llegó a acompañar a Rodríguez Gacha su hijo Fredy, y Velásquez fue encargado de organizar una fiesta con mujeres y licor. La fiesta fue cancelada.

Dos días después cuando estaba a punto de conciliar el sueño en su casa de Cartagena, recibió una llamada para que se presentara de inmediato donde Rodríguez Gacha.

Autoridades corruptas le habían alertado que se estaba preparando una operación para capturarlo.

Sin ningún plan en mente, Velásquez preparó una lancha rápida en la que se embarcaron Rodríguez Gacha, su hijo y un cercano colaborador del narcotraficante apodado “La Yuca”. Antes, Velásquez les avisó a sus enlaces con la policía que saldría en la embarcación con destino desconocido.

Los fugitivos pasaron la noche en las cercanas Islas del Rosario y al amanecer salieron hacia Tolú donde se hospedaron en una casa de recreo.

En compañía de uno de los hombres de Rodríguez Gacha, El Navegante salió en la lancha al otro día para “reconocer” los alrededores. En su recorrido un helicóptero se posó a pocos metros de la embarcación y los policías que lo ocupaban dieron la orden de acercarse a la orilla.

Velásquez obedeció. Sabía que eran sus amigos. Apuntándole con las armas, los oficiales lo hicieron tirarse en la arena a él y a su acompañante.

Bajo el mando de un oficial con quien Velásquez trabajaba en la operación, los agentes levantaron al infiltrado y fingieron un interrogatorio a pocos metros. Velásquez les indicó el lugar donde se encontraba Rodríguez, haciendo un croquis sobre la arena.

A los pocos minutos de dejar en libertad la embarcación, los policías cambiaron de planes y le dijeron a Velásquez que sería mejor que subiera en el helicóptero para que les mostrara el escondite del narcotraficante.

En ese punto, los policías ejecutaron al hombre de Rodríguez Gacha y salieron con Velásquez hacia el refugio a bordo del helicóptero, afirmó Velásquez.

Cuando llegaron al lugar, Rodríguez Gacha y su hijo salían despavoridos de la habitación.

Un artillero que iba a bordo del helicóptero lanzó las primeras ráfagas y en la confusión perdieron de vista a Rodríguez Gacha y su gente.

Pero en ese momento un camión con carpa salió del predio.

“Yo les dije: `Sigan al camión, ahí va Gacha’ ”, recordó Velásquez. El camión tomó la carretera hacia al sur con el helicóptero encima.

“Las balas hacían volar pedazos de asfalto, parecía una película, pero no le daban a nadie, yo creo que el artillero no era muy bueno”, afirmó Velásquez.

Del camión empezaron a lanzarse algunos de los hombres de Rodríguez Gacha, pero éste no estaba a la vista.

“Ahí nos dimos cuenta de que Gacha iba manejando el camión”, agregó Velásquez.

Al ver que en sentido contrario venía una caravana de oficiales de la Marina que se dirigían a hacer un relevo de rutina sin saber de la operación, Rodríguez Gacha abandonó el camión y se internó entre montes y platanales.

Su carrera perdió bríos al enredarse con los alambres de púas que le levantaron el cuero cabelludo, dijo El Navegante.

Fue entonces cuando Rodríguez Gacha se hizo explotar el artefacto en el rostro. Velásquez asegura que el artillero de la Policía Nacional que iba a su lado en el helicóptero le rogó que dijera que había sido él quien había abatido al narcotraficante.

“Yo le repondí que sí, pero él y yo sabíamos que El Mexicano se mató él mismo”, agregó El Navegante. El helicóptero aterrizó en la zona. Velásquez se acercó y confirmó que era Rodríguez Gacha.

“En ese momento, y no sé por qué, me dieron ganas de untarme de la sangre de Gacha en la cara”, dijo. “No lo hice porque soy una persona muy escrupulosa”.

Fredy y otros hombres de Rodríguez Gacha fueron abatidos en un área cercana.

Velásquez se enfermó durante tres días. El millón de dólares que le pagaron los Rodríguez, dijo, se lo gastó en reclutar un ejército de escoltas, la mayoría mujeres, para responder a la violenta ofensiva de Pablo Escobar, el sobreviviente cabecilla de la organización de Medellín.

By GERARDO REYES / elnuevoherald.com

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