El infierno del cuidador de los animales de Pablo Escobar: «Si se muere un delfín te mato»

Abelardo Coronado quien hasta hace poco trabajaba en el zoológico de Pereira es uno de los pocos testigos de cómo el capo pobló de hipopótamos y animales exóticos

Lo más duro que le tocó a Abelardo Colorado en los cuatro años que trabajó como cuidador de animales de  Pablo Escobar en la Hacienda Napoles fue convencer a unos pájaros blancos traídos por el capo del Africa, de recogerse, poco antes del atardecer, en unos árboles que se veían desde la piscina y que de lejos parecían copos de nieve que habían caído con un conjuro mágico en este exuberante paisaje tropical, según lo describió alguna vez el periodista Juan José Hoyos. Abelardo dirigió a los 120 hombres que con paciencia se aplicaron en esta tarea y a cuanto capricho se le ocurría al capo.

En 1978 Pablo Escobar tenía 27 años y estaba decidido a ser el hombre más rico de Colombia, Quería construir un imperio y creyó que, al dejarse el bigote, su presencia podría imponer aún más respeto. Fascinado con los animales,  con sus alforjas llenas, decidió recorrer en motos de 250 cm cúbicos de cilindraje con su primo y socio Gustavo Gaviria, las tierras de Puerto Triunfo. Tenía conocimiento que esas tierras se iban a valorizar porque ya existía el plan de crear, por sus linderos, la nueva carretera que comunicaría a Bogotá con Medellín.

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Atravesó trochas, acompañado de una caravana de sus guardaesapaldas-sicarios de confianza, fumando marihuana y tomando aguardiente en los pocos abastos que encontraran abiertos. El primer día se distrajeron en el camino haciendo chanzas y cabriolas con las motos y se les hizo tarde. Eran las 7 de la noche cuando decidieron quedarse en un caserío llamado San Carlos. Estaban hambrientos y a esa hora todos los negocios estaban cerrados. Pero con sus carrieles llenos de billetes levantaron el pueblo y compraron comida y hasta ropa por un precio siete veces más alto de lo que valían.

Pablo acompañado de su primo Gustavo Gaviria llegando a la tierra prometida en Puerto Triunfo

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Escobar sabía lo que buscaba cuando llegaron a Puerto Triunfo. El dueño era Gonzalo Arteaga a quien conocía de tiempo atrás. Quería comprarle el terreno;  le preguntó cuanto valía, el hombre le contestó que $ 35 millones Pablo le respondió que le daba el doble, 70. “Esta tierra no se vende” le respondió el dueño a la propuesta. Escobar contraatacó “Todos tenemos un precio”. Entre marzo y junio de 1978 Escobar compró sus 531 hectáreas. Gonzalo nunca vendió un centímetro y supo propinarle una de las pocas cachetadas de dignidad que recibió en su vida el narcotraficante.

Hasta hace muy pocos años se podía ver en plena carreta Medellín-Bogotá, en el sector de Puerto Triunfo una avioneta apoltronada en la entrada de la propiedad. Tenía la placa número HK 617-P y se especulaba con que esa había sido la primera nave con la que Escobar dejó cocaína en Estados Unidos. A cinco kilómetros de la carretera y después de varios anillos de seguridad, estaba la casa principal, equipada con bar, piscina, salón de juegos, comedor para sesenta personas, neveras en donde se guardaban toneladas de comida para recibir a los comensales que iban desde socios como los hermanos Jorge Luis y Juan David Ochoa, obispos, senadores como Alberto Santofimio Botero y curitas como el de Puerto Triunfo que iba cada semana a ver qué podía sacarle al capo.

Tenía un auto de los años 30 lleno de disparos que la leyenda afirma era el mismo donde Bonnie and Clyde terminaron su aventura. Había una pista de aterrizaje, sesenta motos, carros anfibios, aerobotes con los que Escobar descrestaba a sus más selectos invitados. Abelardo Colorado nunca estuvo entre ese selecto grupo e incluso pocas veces dice haber entrado a la casa. El contacto que tuvo con Escobar se limitó al de trabajar con los animales y al de jugar partidos de fútbol, deporte que al capo le fascinaba con la misma pasión que emprendía sus carreras de automovilismo. Cuando jugaban partidos Escobar les regalaba guayos nuevos y camisetas de fútbol de marca.

Nacido en el vecino municipio de Granada Abelardo fue testigo de como las 500 hectáreas que tenía en un principio la hacienda se convertían en 3.000. Era una nueva Xanadú. La joya de la corona eran los animales.

A Pablo Escobar le gustaba alardear con su fortuna pero nada le hacía sacar más el pecho que su “Arca de Noé personal” como se refería a las 1.900 especies exóticas que poblaron su tierra. Escobar confiaba en Abelardo porque no había necesitado pasar por la universidad para entender a los animales. Con él dirigió la tarea de adecuar el terreno para los canguros australianos a los que él mismo enseñó a jugar al fútbol, los búfalos de las praderas de Estados Unidos, elefantes de la India, cebras que fueron decomisadas por la aduana y que, para recuperarlas corrompió a los funcionarios del zoológico y se las cambió por unos burros pintados con franjas blancas y negras que el mismo Coronado ayudó a pintar. Habían ponys, caballos argentinos y unos micos que olían tan horrible que debieron soltarlos en el monte. Si esa región ahora tiene tantos micos y conejos es porque Pablo ordenó que eso fuera así. Ni hablar de los hipopótamos que ya tanta prensa han mojado internacionalmente.

De todos los animales el que más cuidado le pedía a Abelardo era el delfín que mandó a traer de Miami. Llegó a Napoles burlando todos los cuidados de la aduana y venía envuelto en bolsas plásticas para que no se hicieran daño. Lo liberó en uno de los lagos de la hacienda. Según Coronado a su patrón no le gustaban ni los leones, ni las serpientes, los tigres o los leones. En los seis años que disfrutó de su zoológico personal Escobar vio nacer en cautiverio, por primera vez en este país, a un canguro. Abelardo ayudó a cuidar del animal pero sólo duró tres semanas. Cuando sabía que no iba a poder salvarlo el veterinario intentó huir. Creía que lo iban a matar. Pero todo se quedó en una dura reprimenda.

Después de que el imperio de Escobar se deshizo Abelardo Coronado se trasladó a Pereira, donde buena parte de las especies de Napoles fueron enviadas. Pero en el 2015 cuando el zoológico matecaña cerró sus puertas, Coronado quedó sin trabajo. Ahora, cerca a los 60 años, v lo único que quedan son los recuerdos de una época en la que, aunque ganaba bien, terminó siendo una cruz que pesó sobre su espalda desde hace 40 años.

 

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